Sólo quería hacerles saber sobre mi progreso con la historia para el PERJ.
¡¡¡¡¡100!!!!!
100 páginas.
Me acerco a la meta. :D Y estoy happy happy.
¡Bendiciones!
- Majo.
lunes, 12 de septiembre de 2011
miércoles, 7 de septiembre de 2011
¡Holas!
Tomaré esta entrada para decir muchas cosas.
1.- He decidido dejar de actualizar el blog hasta que termine el historia para el PERJ. Estoy trabajando bastante duro, aunque podría ponerme más esfuerzo, porque realmente quiero participar, pero solo llevo 56 páginas. Y son mínimo, 150. Yo, en lo personal, quiero hacerlo de 200. :D
Les prometo que lo primero que haré, después de enviar los manuscritos, será subir el capítulo nueve de "Restauración". No puedo con las dos cosas, de verdad. Y como dice mi mamá: "el que asa dos conejos, alguno se le quema", es decir que si me pongo con las dos cosas, no haré ninguna realmente.
2.- ¡Estoy leyendo "Los juegos del hambre", sólo hoy terminé "En llamas" me falta "Sinsajo" xD Yo no los quería leer al principio, porque eran tan mencionados que sentía que ya los había leído. Hasta que leí el primero y me enganché. Cuando terminé "Sinsajo", haré una reseña de la trilogía.
3.- ¡Tengo un premio!
Me lo otorgan ambas, Elisa de Un cielo lleno de libros y Sara de El Bosque Perdido de los libros. ¡Qué lindas las doos! ¡Muchas, muchas, muchas, gracias!
¿No es cuchi? ¡Si, es muy cuchi! :D
Y con eso me despido, porque quisiera llegar, al menos, a la página 65 hoy, con la historia del PERJ, así que me pondré a eso.
¡Bendiciones!
- Majo.
1.- He decidido dejar de actualizar el blog hasta que termine el historia para el PERJ. Estoy trabajando bastante duro, aunque podría ponerme más esfuerzo, porque realmente quiero participar, pero solo llevo 56 páginas. Y son mínimo, 150. Yo, en lo personal, quiero hacerlo de 200. :D
Les prometo que lo primero que haré, después de enviar los manuscritos, será subir el capítulo nueve de "Restauración". No puedo con las dos cosas, de verdad. Y como dice mi mamá: "el que asa dos conejos, alguno se le quema", es decir que si me pongo con las dos cosas, no haré ninguna realmente.
2.- ¡Estoy leyendo "Los juegos del hambre", sólo hoy terminé "En llamas" me falta "Sinsajo" xD Yo no los quería leer al principio, porque eran tan mencionados que sentía que ya los había leído. Hasta que leí el primero y me enganché. Cuando terminé "Sinsajo", haré una reseña de la trilogía.
3.- ¡Tengo un premio!
Me lo otorgan ambas, Elisa de Un cielo lleno de libros y Sara de El Bosque Perdido de los libros. ¡Qué lindas las doos! ¡Muchas, muchas, muchas, gracias!
¿No es cuchi? ¡Si, es muy cuchi! :D
Y con eso me despido, porque quisiera llegar, al menos, a la página 65 hoy, con la historia del PERJ, así que me pondré a eso.
¡Bendiciones!
- Majo.
sábado, 3 de septiembre de 2011
Para compensar. "Alguien desordena estas rosas" Gabriel García Marquez.
Como es domingo y ha dejado de llover, pienso llevar un ramo de rosas a mi tumba. Rosas rojas y blancas, de las que ella cultiva para hacer altares y coronas. La mañana estuvo entristecida por este invierno taciturno y sobrecogedor que me ha puesto a recordar la colina donde la gente del pueblo abandona sus muertos. Es un sitio pelado, sin árboles, barrido apenas por las migajas providenciales que regresan después de que el viento ha pasado. Ahora que dejó de llover y que el sol de mediodía debe haber endurecido el jabón de la cuesta, podría llegar hasta el túmulo en cuyo fondo reposa mi cuerpo de niño, ahora confundido, desmenuzado entre caracoles y raíces.
Ella está prosternada frente a sus santos. Permanece abstraída desde cuando dejé de moverme en la habitación, después de haber fracasado en el primer intento de llegar hasta el altar para coger las rosas más encendidas y frescas. Tal vez hoy hubiera podido hacerlo; pero la lamparita pestañeó, y ella, recobrada del éxtasis, levantó la cabeza y miró hacia el rincón donde está la silla. Debió pensar: «Es otra vez el viento», porque es verdad que algo crujió junto al altar y la habitación onduló un instante, como si hubiera sido removido el nivel de los recuerdos estancados en ella desde hace tanto tiempo. Entonces comprendí que debía aguardar una nueva ocasión para coger las rosas, porque ella continuaba despierta, mirando la silla, y habría podido sentir junto a su rostro el rumor de mis manos. Ahora debo esperar a que ella abandone la habitación, dentro de un momento, y vaya a la pieza vecina a dormir la siesta medida e invariable del domingo. Es posible que entonces pueda yo salir con las rosas para estar de regreso antes de que ella vuelva a esta habitación y se quede mirando la silla.
El domingo pasado fue más difícil. Tuve que esperar casi dos horas a que ella cayera en el éxtasis. Parecía intranquila, preocupada, como si la hubiera atormentado la certidumbre de que súbitamente su soledad en la casa se había vuelto menos intensa. Dio varias vueltas por el cuarto con el ramo de rosas, antes de abandonarlo en el altar. Luego salió al pasadizo, miró adentro y se dirigió a la pieza vecina. Yo sabía que estaba buscando la lámpara. Y después cuando volvió a pasar frente a la puerta y la vi en la claridad del corredor con el saquito oscuro y las medias rosadas, me pareció que era todavía igual a la niña que hace cuarenta años se inclinó sobre mi cama, en este mismo cuarto, y dijo: «Ahora que le han puesto los palillos, tiene los ojos abiertos y duros». Era igual, como si no hubiera transcurrido el tiempo desde aquella remota tarde de agosto en que las mujeres la trajeron al cuarto y le mostraron el cadáver y le dijeron: «Llora. Era como un hermano tuyo»; y ella se recostó contra la pared, llorando, obedeciendo, todavía ensopada por la lluvia.
Desde hace tres o cuatro domingos estoy tratando de llegar hasta las rosas, pero ella ha permanecido vigilante frente al altar; vigilando las rosas con una sobresaltada diligencia que no le había conocido en los veinte años que lleva de vivir en la casa. El domingo pasado, cuando salió a buscar la lámpara, logré componer un ramo con las mejores rosas. En ningún momento he estado más cerca de realizar mi deseo. Pero cuando me disponía a regresar a la silla oí de nuevo las pisadas en el pasadizo, ordené brevemente las rosas en el altar; y entonces la vi aparecer en el vano de la puerta con la lámpara en alto.
Tenía puesto el saquito oscuro y las medías rosadas, pero había en su rostro algo como la fosforescencia de una revelación. No parecía entonces la mujer que desde hace veinte años cultiva rosas en el huerto, sino la misma niña que en aquella tarde de agosto trajeron a la pieza vecina para que se cambiara de ropa y que regresaba ahora con una lámpara, gorda y envejecida, cuarenta años después.
Mis zapatos tienen todavía la dura costra de barro que se les formó aquella tarde, a pesar de que permanecieron secándose durante veinte años junto al fogón apagado. Un día fui a buscarlos. Esto fue después que clausuraron las puertas, descolgaron del umbral el pan y el ramo de sábila, y se llevaron los muebles. Todos los muebles, menos la silla del rincón que me ha servido para estar durante todo este tiempo. Yo sabía que los zapatos habían sido puestos a secar y que ni siquiera se acordaron de ellos cuando abandonaron la casa. Por eso fui a buscarlos.
Ella volvió muchos años después. Había transcurrido tanto tiempo, que el olor a almizcle del cuarto se había confundido con el olor del polvo, con el seco y minúsculo tufo de los insectos. Yo estaba solo en la casa, sentado en el rincón; esperando. Y había aprendido a distinguir el rumor de la madera en descomposición, el aleteo del aire volviéndose viejo en las alcobas cerradas. Entonces fue cuando ella vino. Se había parado en la puerta con una maleta en la mano, un sombrero verde y el mismo saquito de algodón que no se ha quitado desde entonces. Era todavía una muchacha. No había empezado a engordar ni los tobillos le abultaban bajo las medias, como ahora. Yo estaba cubierto de polvo y telaraña cuando ella abrió la puerta y en alguna parte de la habitación guardó silencio el grillo que había estado cantando durante veinte años. Pero a pesar de eso, a pesar de la telaraña y el polvo, del brusco arrepentimiento del grillo y de la nueva edad de la recién llegada, yo reconocí en ella a la niña que en aquella tormentosa tarde de agosto me acompañó a coger nidos en el establo. Así como estaba, parada en la puerta con la maleta en la mano y el sombrero verde, parecía como si de pronto fuera a ponerse a gritar, a decir lo mismo que dijo cuando me encontraron bocarriba entre la hierba del establo todavía aferrado al travesaño de la escalera rota. Cuando ella abrió la puerta por completo, los goznes crujieron y el polvillo del techo se derrumbó a golpes, como si alguien se hubiera puesto a martillar en el caballete; entonces ella vaciló en el marco de claridad, introduciendo después medio cuerpo en la habitación, y dijo con la voz de quien está llamando a una persona dormida: «¡Niño! ¡Niño!» Y yo permanecí quieto en la silla, rígido, con los pies estirados.
Creía que sólo venía a ver el cuarto pero siguió viviendo en la casa. Aireó la habitación y fue como si hubiera abierto la maleta y de ella hubiera salido su antiguo olor a almizcle. Los otros se llevaron los muebles y la ropa en los baúles. Ella sólo se había llevado los olores del cuarto, y veinte años después los trajo de nuevo, los colocó en su lugar y reconstruyó el altarcillo; igual que antes. Su sola presencia bastó para restaurar lo que la implacable laboriosidad del tiempo había destruido. Desde entonces come y duerme en la pieza de al lado, pero se pasa los días en ésta, conversando en silencio con los santos. Durante la tarde se sienta en el mecedor, junto a la puerta, y zurce la ropa mientras atiende a quienes vienen a comprarle flores. Ella se mece siempre mientras zurce la ropa. Y cuando viene alguien por un ramo de rosas, guarda la moneda en la esquina del pañuelo que se anuda a la cintura y dice invariablemente: «Coge las de la derecha, que las de la izquierda son para los santos».
Así ha estado en el mecedor durante veinte años, zurciendo sus cositas, meciéndose, mirando hacia la silla, como si por ahora no cuidara del niño que compartió con ella las tardes de la infancia, sino del nieto inválido que está aquí, sentado en el rincón desde cuando la abuela tenía cinco años.
Es posible que ahora, cuando vuelva a bajar la cabeza, pueda acercarme a las rosas. Si logro hacerlo iré hasta la colina, las pondré sobre el túmulo y regresaré a mi silla, a esperar el día en que ella no vuelva al cuarto y cesen los ruidos en las piezas de al lado.
Este día habrá una transformación en todo esto, porque yo tendré que salir otra vez de la casa para avisarle a alguien que la mujer de las rosas, la que vive sola en la casa arruinada, está necesitando cuatro hombres que la conduzcan a la colina. Entonces quedaré definitivamente solo en el cuarto. Pero en cambio ella estará satisfecha. Porque ese día sabrá que no era el viento invisible lo que todos los domingos llegaba a su altar y le desordenaba las rosas.
Ella está prosternada frente a sus santos. Permanece abstraída desde cuando dejé de moverme en la habitación, después de haber fracasado en el primer intento de llegar hasta el altar para coger las rosas más encendidas y frescas. Tal vez hoy hubiera podido hacerlo; pero la lamparita pestañeó, y ella, recobrada del éxtasis, levantó la cabeza y miró hacia el rincón donde está la silla. Debió pensar: «Es otra vez el viento», porque es verdad que algo crujió junto al altar y la habitación onduló un instante, como si hubiera sido removido el nivel de los recuerdos estancados en ella desde hace tanto tiempo. Entonces comprendí que debía aguardar una nueva ocasión para coger las rosas, porque ella continuaba despierta, mirando la silla, y habría podido sentir junto a su rostro el rumor de mis manos. Ahora debo esperar a que ella abandone la habitación, dentro de un momento, y vaya a la pieza vecina a dormir la siesta medida e invariable del domingo. Es posible que entonces pueda yo salir con las rosas para estar de regreso antes de que ella vuelva a esta habitación y se quede mirando la silla.
El domingo pasado fue más difícil. Tuve que esperar casi dos horas a que ella cayera en el éxtasis. Parecía intranquila, preocupada, como si la hubiera atormentado la certidumbre de que súbitamente su soledad en la casa se había vuelto menos intensa. Dio varias vueltas por el cuarto con el ramo de rosas, antes de abandonarlo en el altar. Luego salió al pasadizo, miró adentro y se dirigió a la pieza vecina. Yo sabía que estaba buscando la lámpara. Y después cuando volvió a pasar frente a la puerta y la vi en la claridad del corredor con el saquito oscuro y las medias rosadas, me pareció que era todavía igual a la niña que hace cuarenta años se inclinó sobre mi cama, en este mismo cuarto, y dijo: «Ahora que le han puesto los palillos, tiene los ojos abiertos y duros». Era igual, como si no hubiera transcurrido el tiempo desde aquella remota tarde de agosto en que las mujeres la trajeron al cuarto y le mostraron el cadáver y le dijeron: «Llora. Era como un hermano tuyo»; y ella se recostó contra la pared, llorando, obedeciendo, todavía ensopada por la lluvia.
Desde hace tres o cuatro domingos estoy tratando de llegar hasta las rosas, pero ella ha permanecido vigilante frente al altar; vigilando las rosas con una sobresaltada diligencia que no le había conocido en los veinte años que lleva de vivir en la casa. El domingo pasado, cuando salió a buscar la lámpara, logré componer un ramo con las mejores rosas. En ningún momento he estado más cerca de realizar mi deseo. Pero cuando me disponía a regresar a la silla oí de nuevo las pisadas en el pasadizo, ordené brevemente las rosas en el altar; y entonces la vi aparecer en el vano de la puerta con la lámpara en alto.
Tenía puesto el saquito oscuro y las medías rosadas, pero había en su rostro algo como la fosforescencia de una revelación. No parecía entonces la mujer que desde hace veinte años cultiva rosas en el huerto, sino la misma niña que en aquella tarde de agosto trajeron a la pieza vecina para que se cambiara de ropa y que regresaba ahora con una lámpara, gorda y envejecida, cuarenta años después.
Mis zapatos tienen todavía la dura costra de barro que se les formó aquella tarde, a pesar de que permanecieron secándose durante veinte años junto al fogón apagado. Un día fui a buscarlos. Esto fue después que clausuraron las puertas, descolgaron del umbral el pan y el ramo de sábila, y se llevaron los muebles. Todos los muebles, menos la silla del rincón que me ha servido para estar durante todo este tiempo. Yo sabía que los zapatos habían sido puestos a secar y que ni siquiera se acordaron de ellos cuando abandonaron la casa. Por eso fui a buscarlos.
Ella volvió muchos años después. Había transcurrido tanto tiempo, que el olor a almizcle del cuarto se había confundido con el olor del polvo, con el seco y minúsculo tufo de los insectos. Yo estaba solo en la casa, sentado en el rincón; esperando. Y había aprendido a distinguir el rumor de la madera en descomposición, el aleteo del aire volviéndose viejo en las alcobas cerradas. Entonces fue cuando ella vino. Se había parado en la puerta con una maleta en la mano, un sombrero verde y el mismo saquito de algodón que no se ha quitado desde entonces. Era todavía una muchacha. No había empezado a engordar ni los tobillos le abultaban bajo las medias, como ahora. Yo estaba cubierto de polvo y telaraña cuando ella abrió la puerta y en alguna parte de la habitación guardó silencio el grillo que había estado cantando durante veinte años. Pero a pesar de eso, a pesar de la telaraña y el polvo, del brusco arrepentimiento del grillo y de la nueva edad de la recién llegada, yo reconocí en ella a la niña que en aquella tormentosa tarde de agosto me acompañó a coger nidos en el establo. Así como estaba, parada en la puerta con la maleta en la mano y el sombrero verde, parecía como si de pronto fuera a ponerse a gritar, a decir lo mismo que dijo cuando me encontraron bocarriba entre la hierba del establo todavía aferrado al travesaño de la escalera rota. Cuando ella abrió la puerta por completo, los goznes crujieron y el polvillo del techo se derrumbó a golpes, como si alguien se hubiera puesto a martillar en el caballete; entonces ella vaciló en el marco de claridad, introduciendo después medio cuerpo en la habitación, y dijo con la voz de quien está llamando a una persona dormida: «¡Niño! ¡Niño!» Y yo permanecí quieto en la silla, rígido, con los pies estirados.
Creía que sólo venía a ver el cuarto pero siguió viviendo en la casa. Aireó la habitación y fue como si hubiera abierto la maleta y de ella hubiera salido su antiguo olor a almizcle. Los otros se llevaron los muebles y la ropa en los baúles. Ella sólo se había llevado los olores del cuarto, y veinte años después los trajo de nuevo, los colocó en su lugar y reconstruyó el altarcillo; igual que antes. Su sola presencia bastó para restaurar lo que la implacable laboriosidad del tiempo había destruido. Desde entonces come y duerme en la pieza de al lado, pero se pasa los días en ésta, conversando en silencio con los santos. Durante la tarde se sienta en el mecedor, junto a la puerta, y zurce la ropa mientras atiende a quienes vienen a comprarle flores. Ella se mece siempre mientras zurce la ropa. Y cuando viene alguien por un ramo de rosas, guarda la moneda en la esquina del pañuelo que se anuda a la cintura y dice invariablemente: «Coge las de la derecha, que las de la izquierda son para los santos».
Así ha estado en el mecedor durante veinte años, zurciendo sus cositas, meciéndose, mirando hacia la silla, como si por ahora no cuidara del niño que compartió con ella las tardes de la infancia, sino del nieto inválido que está aquí, sentado en el rincón desde cuando la abuela tenía cinco años.
Es posible que ahora, cuando vuelva a bajar la cabeza, pueda acercarme a las rosas. Si logro hacerlo iré hasta la colina, las pondré sobre el túmulo y regresaré a mi silla, a esperar el día en que ella no vuelva al cuarto y cesen los ruidos en las piezas de al lado.
Este día habrá una transformación en todo esto, porque yo tendré que salir otra vez de la casa para avisarle a alguien que la mujer de las rosas, la que vive sola en la casa arruinada, está necesitando cuatro hombres que la conduzcan a la colina. Entonces quedaré definitivamente solo en el cuarto. Pero en cambio ella estará satisfecha. Porque ese día sabrá que no era el viento invisible lo que todos los domingos llegaba a su altar y le desordenaba las rosas.
jueves, 1 de septiembre de 2011
¡Perdónenme!
Lectores y lectoras que se encuentran allá a las afueras de mi casa, ¡Perdónenme!
No he subido capítulo, como en una semana, pero déjenme les explico:
He estado un poco ocupada con la historia para el PEJR. (Por cierto, el personaje masculino se llama Seth.)
Me he olvidado de ustedes, y pido sus disculpas, de todo corazón.
Mañana, sin faaalta, tendrán el capítulo, probablemente en la mañana-de aquí de Venezuela, claro.
Una vez más:¡¡Perdónenme!!
Bendiciones. :D
- Majo.
No he subido capítulo, como en una semana, pero déjenme les explico:
He estado un poco ocupada con la historia para el PEJR. (Por cierto, el personaje masculino se llama Seth.)
Me he olvidado de ustedes, y pido sus disculpas, de todo corazón.
Mañana, sin faaalta, tendrán el capítulo, probablemente en la mañana-de aquí de Venezuela, claro.
Una vez más:¡¡Perdónenme!!
Bendiciones. :D
- Majo.
sábado, 27 de agosto de 2011
Nombres. ¡Ayuda!
¿De qué se trata esto? ¿Ven el banner sobre la entrada, abajo de la cabecera del blog? Seguro que ya han leído sobre el "Premio Ellas Juvenil Romántica". Pues, quiero participar. Y quisiera que me ayuden a elegir el nombre de "él". Ella se llama Ariella. Pero él no tiene nombre aún.
Estos son mis favoritos(los que tengan un * al lado, son los que más me convencen):
- Adam: hombre.
- *Alexander: defensor.
- *Ethan: sólido. Duradero.
- Jesse: regalo.
- *Nathan: él da.
- *Seth: puesto, colocado.
¡¡Ayuda!!
Estos son mis favoritos(los que tengan un * al lado, son los que más me convencen):
- Adam: hombre.
- *Alexander: defensor.
- *Ethan: sólido. Duradero.
- Jesse: regalo.
- *Nathan: él da.
- *Seth: puesto, colocado.
¡¡Ayuda!!
viernes, 26 de agosto de 2011
¡No puedo creer que haga una entrada solo para esto!
En rojo: dejen el desespero, vale. jajajajajajajaja
Sus comentarios siempre me sacan sonrisas y me entusiasma muchísimo que la historia les esté gustando.
Con respecto a la pregunta de Elisa: no sé. Bueno, quizás, si sé. Pero no quiere decir que les vaya a decir, porque los libros normales no lo dicen antes de que suceda-o no-. Sientan lo que yo siento jajajaja
¡qué entrada más corta! Pero me gusta responder a las preguntas.
El capítulo nueve, pronto. Primero, déjenme escribirlo.
¡Bendiciones!
- Majo
Sus comentarios siempre me sacan sonrisas y me entusiasma muchísimo que la historia les esté gustando.
Con respecto a la pregunta de Elisa: no sé. Bueno, quizás, si sé. Pero no quiere decir que les vaya a decir, porque los libros normales no lo dicen antes de que suceda-o no-. Sientan lo que yo siento jajajaja
¡qué entrada más corta! Pero me gusta responder a las preguntas.
El capítulo nueve, pronto. Primero, déjenme escribirlo.
¡Bendiciones!
- Majo
Restauración. "8.- Tristan"
Era más allá de lo surrealista, de lo imaginable, el hecho de que yo estuviese en casa de Alexus, con ella, en la sala y llorando, mientras trataba de consolarme. Podría haberme imaginado cualquier cosa-incluyendo llorar delante de Dylan-, pero esto, jamás. Muchísimo menos a ella llamándome "Trist". Ni siquiera Danika me llamaba así. Pero no tenía fuerzas para discutir con ella al respecto. No tenía fuerzas para decirle nada. Supuse que las lágrimas hablaban por sí solas. Sin embargo, había una cosa que mi llanto no estaba diciendo, que no diría en ningún futuro cercano, tampoco, y que era la única cosa realmente importante.
- No puedes decírselo a nadie.
Me obligué a recuperar la compostura, porque, lo quisiera o no, era momento de hablar. Y, quizás lo peor de todo, tenía que hablar con Alexus.
Ella me miraba esperando. Por supuesto, era mi turno ahora. ¿Qué más podría decirme ella? La cuestión era que no sabía qué decir. Mejor dicho, no sabía por dónde empezar.
- Pregúntame, por favor-me sentí la persona más patética del mundo al estarle rogando a mi vecina, en su casa, después de haber llorando como niña.
Mi petición tomó a Alexus por sorpresa. Pareció estarlo pensando, pero finalmente habló.
- ¿Qué sucedió anoche?
Bueno, aquello era fácil.
Me levanté del sofá y me quité el suéter que traía, y la camisa polo que llevaba abajo. Sabía que era la cosa más inapropiada del mundo, pero era mucho mejor-más fácil- mostrarle, que explicarle.
Me volteé para que ella pudiera ver los moretones que tenía en la espalda. Los que más me dolían.
Alexus ahogó lo que habría sido un pequeño grito, cuando me vio.
- Esto es lo que pasó-le contesté, poniéndome la polo, el suéter y sentándome, de nuevo, a su lado.
Su rostro era inexpresivo, como si buscara algo, pero sus ojos estaban fijos en mí, y sus labios un poco separados.
Me encogí de hombros-diablos, me dolió-, y la miré, esperando.
- Traté de detenerte-dijo por fin.
- Sí, bueno... cuando tú tengas una hermana pequeña a quién proteger de esto, quizás entiendas por qué fui.
- ¿Lo hiciste por Danika?-eso sí que me sorprendió.
- ¿Cómo sabes su nombre? Comprendo que sepas el mío, es decir, vamos al mismo colegio, pero Dan tiene un nombre un poco difícil de recordar. Y no es como si hablaras con ella, desde el día que nos mudamos. En realidad, ni siquiera ese día hablaste con ella.
Alexus sonrió, avergonzada.
- Mi segundo nombre es Anika-dijo, riendo un poco, aún sin mirarme. No la culpaba. Yo también reí.
- ¿Alexus Anika? ¿En serio?-entonces, ella sí rió de verdad, asintiendo.
- Es solo una letra de diferencia. Por eso lo recuerdo-explicó encogiéndose de hombros.
- ¿Acaso tu madre se llama Lianna?-le pregunté, evocando las películas de Barbie que Danika tanto veía. Esas que me provocaban no querer ver T.V otra vez en mi vida.
Alexus rió mas fuerte.
- Muy gracioso. No. Se llama Elizabeth. Sé que mi nombre es algo de lo que estar avergonzada y lo estoy, a veces, créeme. Pero qué se hace. Así es la vida.
- Nah-dije, sonriéndole-. Yo creo que es bonito.
Y lo creía de verdad. Raro, pero bonito.
- En todo caso-continué-, sí. Lo hice por Dan. Prácticamente todo lo que hago es por ella.
Alexus parecía sorprendida. Me pregunté si era porque su nombre me parecía bonito o porque todo lo que hacía era por Danika.
- Eso...eso es realmente tierno y responsable de tu parte.
Sonreí.
- No es tierno. Es lo que se supone que debo hacer.
Alexus asintió y yo no podía evitar pensar que me entendía, aún cuando sabía que nuestras vidas no podrían ser más diferentes. Nosotros no nos parecíamos en lo más mínimo.
- ¿Dylan lo sabe?-sacudí la cabeza, negando-. ¿No es tu mejor amigo? Christa sabe todo sobre mí.
- ¿Christa es tu mejor amiga? No lo había notado-Alexus dejó escapar una risa, casi muda, y luego me golpeó con un cojín. Un segundo después, ya estaba seria, aunque seguía sonriendo. Debía aprender a hacer eso.
- ¿Acaso eres incapaz de ser serio?
¿Lo era?
- Dylan no lo sabe que se supone que nadie debe saberlo. La única razón por la que tú lo sabes es porque lo descubriste sola. Yo no te lo habría dicho por elección. Por eso, no debes decirle a nadie. Ni siquiera a Christa. ¿Contenta, ahora?
- No precisamente. ¿Cómo algo así podría ponerme contenta? ¿Qué pasa contigo?-volvió a golpear con el cojín.
Le sonreí, una vez más.
- Debería irme-dije, poniéndome en pie. Alexus asintió-. Pero esto ha sido...bien...no lo sé, es genial poder hablar.
Fuimos hasta la puerta, en silencio. Promesa cumplida. Quizás ya podría olvidarme de todo.
- Adiós, Trist-o quizás, no.
- Nos vemos, Lex.
Entonces, sonrió y cerró la puerta.
Sí, la llamé "Lex", porque supuse que si ella me había dado un apodo, yo podría hacer lo mismo. Además, "Lex" le lucía. Y no era "Lexy", lo que me mantenía fuera de problemas con la futura esposa de Dylan.
Y, sí, las cosas no habían ido exactamente como lo había planeado. No habían ido como lo planeado, en lo absoluto. Quiero decir, terminamos hablando del suceso, de todas formas y había roto la única regla verdadera de nuestra casa-sin mencionar que lo hice de la manera más inapropiada posible-. Si mi padre se entera, me echará, eso es seguro. Pero, por otra parte, hablar se había sentido bien. Y un poco de la carga que llevaba sobre mis hombros, se había ido, lo que era mucho más de lo que había esperando. Le estaba agradecido a Alexus por dame eso, aunque solo fue durante quince minutos. Por darme una persona con quién hablar, sin miedo a ser descubierto, sin caretas, sin actos. Pero ahora los quince minutos habían pasado, y yo estaba devuelta en mi casa, como ayer, como cada día antes de Alexus. Como cada día que había llevado mi carga.
Chris estaba en la sala, cuando llegué.
- ¡Oye!-gritó, acercándose a mí-. Llegaste de casa de tu novia.
- No es mi novia, Chris. Te lo dije cuando me dijiste que había venido, te lo dije antes de salir y te lo repito ahora.
Chris sonrió.
- ¿Entonces, puede ser mi novia?-No.
- Sólo si a tu novia no le molesta-dije, señalando a la sala, donde se encontraba Harpreet(lo sé)- ¡Hola, Harp!
- Hola, Tristan-contestó. Le guiñé un ojo y sonrió.
- Más respeto, por favor-dijo Chris, fingiendo estar indignado. Sí, fingiendo, porque eso de ninguna manera podía ser real. Me reí.
- No parece que te importe-tampoco a mí me importaba, la verdad, pero cuántas veces se me presentará la oportunidad de arruinarle la vida a mi hermano. Eso no sucede a menudo-. Voy a mi habitación-anuncié
Empecé a caminar lejos de ambos. No estaba precisamente de ánimos.
- Oye, Tristan, espera-me detuvo Chris-. Anoche...
- No tan malo como algunas veces, peor que otras tantas. No tiene importancia, ya.
- ¿Estás bien?
Me encogí de hombros. ¿Lo estaba?
- Supongo. Estoy vivo. Y esta vez no tuvimos que decir que me caí por las escaleras, así que...
- ¿Jamás me perdonarás por eso?
- Quizás lo haga. Quizás ya lo he hecho. No lo sé.
Y con eso me fui.
Nadie sabe lo que sucedió esa noche. Quizás cuando lo perdone, hable de ello.
En mi habitación, saqué la guitarra y me dispuse a tocar.
Era esa hora del día en que quería olvidar.
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