martes, 29 de noviembre de 2011

Reseña - "Anna y el Beso Francés" de Stephanie Perkins

Sinopsis: Anna estaba esperando su último año de secundaria en Atlanta, donde tiene un gran trabajo, una leal mejor amiga, y el chico que le gusta está a punto de convertirse en algo más. Así que no está muy emocionada acerca de ser enviada a un internado en Paris—hasta que conoce a Étienne St. Clair. Inteligente, hermoso, Étienne lo tiene todo… incluyendo una novia seria. 
Pero en la Ciudad de las luces, los deseos tienen una manera de volverse realidad. ¿Acaso un año de románticos casi-accidentes terminara con su muy esperado beso Francés? 
Stephanie Perkins mantiene la tensión romántica chisporroteando y la atracción alta en un debut que garantiza que hará que los dedos de los pies hormigueen y los corazones se derritan.





Y ahora cambio el color porque quién va a hablar soy ¡YO!


Este libro lo terminé de leer hace unos días. Es una lectura rápida, a pesar de que es un poco largo. (Unas 300 páginas en el ordenador), pero la narración es tan "adolescentesca" que se hace de todo, menos tedioso. 
Empecé este libro un miércoles en la tarde, y lo terminé el jueves al mediodía. Se lee muy rápido. Pasé horas pegada a la laptop - porque sin internet en casa, lo que queda es leer los libros ya descargados -, con una sonrisa gigante mientras me introducía en el mundo de Anna y dejaba que ella me presentara a St. Clair (aaaaaaaahhh, baaabaaa....). Reí, reí más, y reí un poco más con este libro. Les digo, no van a soltar ni una sola lágrima, a menos que sea de la risa. 
Por supuesto, como todo libro respetable, no todo es felicidad, pero ya se darán cuenta ustedes.

En cuanto a los personajes.

Son frescos. Todos y cada uno de ellos. Este libro tiene tanta ficción como la vida diaria. Anna le da voz a los pensamientos de muchas de nosotras, si no ahora, en algún punto de nuestra vida, y no solo eso, sino que los lleva a un nivel completamente diferente. Anna lucha internamente consigo misma, con su mente, por mantenerse cuerda en París. Ella es realmente uno de los personajes más frescos y más reales que he leído.

Luego tenemos a St. Clair (aaaaaaaahhh, baaabaaa...), quién tiene el cabello perfecto (babaaa), ojos marrones (baaaaabaaaa), y acento inglés (máaaaas babaaaaa). St. Clair es bello. Bello. Bello. Bello. Uno de los personajes más encantadores que he leído (no le gana a Peeta, ¡pero trata con ganas!) Y en sí, es él quién pone la mitad del humor del libro. Un personaje bien definido, no hay ni un momento en que su presencia sobre en el lugar. 

En cuanto a todo lo demás.

El libro, de por sí, es genial. Una lectura agradable para un fin de semana. No es en lo absoluto pesada, todo lo contrario. Es una lectura fácil y entretenida, de esas que uno lee sólo por el placer de hacerlo, y cuando cierra el libro - o el documento - no se arrepiente de las horas que invirtió con los ojos enfocados en las palabras. 



¡Bendiciones!



- Majo. 

viernes, 18 de noviembre de 2011

Ah...y claro: ¡Trailer!


En lo personal, yo lo amé. Sé que todo el que ha leido el libro lo amó también. ¡Es tan libresco!

Lloraré, lloraré, lloraré!

Gente que me apoya a mí y a mis historias: perdón por la tardanza. Debí haber actualizado hace tanto. Perdónenme. ¿Me perdonan?


No sé cómo compensarles este tiempo... 


No, si sé.


Todos los que quieran, envíenme un correo al correo del blog dioslibrosyyo@hotmail.com y les enviaré las 137 páginas de la historia que iba para el PEJR, porque lo cierto es que no participé. No por falta de tiempo, no por falta de inspiración, sino porque el deseo de agradar a Dios fue más fuerte que mi propio sueño de ganar el concurso. No espero que lo entiendan, porque es algo tan mío que es difícil de explicar, pero después de poner por delante la historia del PEJR por tanto tiempo, y dejar de lado a Tristan y a Alexus, se las debo.


Sucede lo siguiente: como ustedes sabe, yo soy cristiana, y en el premio los personajes debían enamorarse porque sí - no digo con esto que por ser cristiana esté en contra de las personas enamorándose, para nada. Es más, yo misma espero por mi propia historia digna de un libro de los que me encanta leer -, pero yo creo en la renuncia, creo en el morir, creo en esperar, y me di cuenta un poco muy tarde que no estaba precisamente incluyendo nada de eso en la historia, así que decidí no seguirla, porque debía retomarla desde muuuy arriba para arreglarla, pero sí escribí 137 páginas, que les enviaré feliz de la vida, si me lo piden.


Continuando: No tengo internet y empecé las clases. Dos cosas que no se combinan muy bien para tener un blog activo, pero no me he olvidado de ustedes. De verdad, y qué lindo que se acuerden de mí, también. Con esto no digo que vaya a cerrar el blog: ¡No! 


Otra cosa: terminé la saga de los juegos del hambre hace meses, y fue genial. Me encantó el final, lo amé, lo amé, lo amé, y jamás he amado y detestado a un personaje tanto en mi vida. (Amé a Peeta, detesté a Gale, me perdonan todas, no es en contra suya, es a él a quién no soporto). 
¿Quién vio el Trailer? ¿No les encantó? ¡A mí me encantó! 


Creo que eso debe ser todo. Sólo quería hacerles saber que estoy viva, que el blog sigue vivo y que estoy muy agradecida con ustedes por todos. Prepararé un cap bueno bueno bueno de la historia y lo subiré tan pronto como el dinero para un cyber me lo permita. xD


Si me quieren en goodreads: http://www.goodreads.com/mariajo0505

Ahí también escribo, pero en inglés.


(dato curioso: me acaba de caer aceite de concha de mandarina en el ojo y me ardió mucho!) 


Si me envían el correo y me tardo, es por la misma falta de internet, pero tengan por seguro que se los enviaré.






Dios les bendiga.






- Majo. :D



lunes, 12 de septiembre de 2011

Una pequeñísima actualización.

Sólo quería hacerles saber sobre mi progreso con la historia para el PERJ.


¡¡¡¡¡100!!!!!


100 páginas. 


Me acerco a la meta. :D Y estoy happy happy.






¡Bendiciones!






- Majo.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

¡Holas!

Tomaré esta entrada para decir muchas cosas.


1.- He decidido dejar de actualizar el blog hasta que termine el historia para el PERJ. Estoy trabajando bastante duro, aunque podría ponerme más esfuerzo, porque realmente quiero participar, pero solo llevo 56 páginas. Y son mínimo, 150. Yo, en lo personal, quiero hacerlo de 200. :D
Les prometo que lo primero que haré, después de enviar los manuscritos, será subir el capítulo nueve de "Restauración". No puedo con las dos cosas, de verdad. Y como dice mi mamá: "el que asa dos conejos, alguno se le quema", es decir que si me pongo con las dos cosas, no haré ninguna realmente. 


2.- ¡Estoy leyendo "Los juegos del hambre", sólo hoy terminé "En llamas" me falta "Sinsajo" xD Yo no los quería leer al principio, porque eran tan mencionados que sentía que ya los había leído. Hasta que leí el primero y me enganché. Cuando terminé "Sinsajo", haré una reseña de la trilogía. 


3.- ¡Tengo un premio!
Me lo otorgan ambas, Elisa de Un cielo lleno de libros y Sara de El Bosque Perdido de los libros. ¡Qué lindas las doos! ¡Muchas, muchas, muchas, gracias!




¿No es cuchi? ¡Si, es muy cuchi! :D




Y con eso me despido, porque quisiera llegar, al menos, a la página 65 hoy, con la historia del PERJ, así que me pondré a eso.






¡Bendiciones!






- Majo.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Para compensar. "Alguien desordena estas rosas" Gabriel García Marquez.

Como es domingo y ha dejado de llover, pienso llevar un ramo de rosas a mi tumba. Rosas rojas y blancas, de las que ella cultiva para hacer altares y coronas. La mañana estuvo entristecida por este invierno taciturno y sobrecogedor que me ha puesto a recordar la colina donde la gente del pueblo abandona sus muertos. Es un sitio pelado, sin árboles, barrido apenas por las migajas providenciales que regresan después de que el viento ha pasado. Ahora que dejó de llover y que el sol de mediodía debe haber endurecido el jabón de la cuesta, podría llegar hasta el túmulo en cuyo fondo reposa mi cuerpo de niño, ahora confundido, desmenuzado entre caracoles y raíces.
Ella está prosternada frente a sus santos. Permanece abstraída desde cuando dejé de moverme en la habitación, después de haber fracasado en el primer intento de llegar hasta el altar para coger las rosas más encendidas y frescas. Tal vez hoy hubiera podido hacerlo; pero la lamparita pestañeó, y ella, recobrada del éxtasis, levantó la cabeza y miró hacia el rincón donde está la silla. Debió pensar: «Es otra vez el viento», porque es verdad que algo crujió junto al altar y la habitación onduló un instante, como si hubiera sido removido el nivel de los recuerdos estancados en ella desde hace tanto tiempo. Entonces comprendí que debía aguardar una nueva ocasión para coger las rosas, porque ella continuaba despierta, mirando la silla, y habría podido sentir junto a su rostro el rumor de mis manos. Ahora debo esperar a que ella abandone la habitación, dentro de un momento, y vaya a la pieza vecina a dormir la siesta medida e invariable del domingo. Es posible que entonces pueda yo salir con las rosas para estar de regreso antes de que ella vuelva a esta habitación y se quede mirando la silla.
El domingo pasado fue más difícil. Tuve que esperar casi dos horas a que ella cayera en el éxtasis. Parecía intranquila, preocupada, como si la hubiera atormentado la certidumbre de que súbitamente su soledad en la casa se había vuelto menos intensa. Dio varias vueltas por el cuarto con el ramo de rosas, antes de abandonarlo en el altar. Luego salió al pasadizo, miró adentro y se dirigió a la pieza vecina. Yo sabía que estaba buscando la lámpara. Y después cuando volvió a pasar frente a la puerta y la vi en la claridad del corredor con el saquito oscuro y las medias rosadas, me pareció que era todavía igual a la niña que hace cuarenta años se inclinó sobre mi cama, en este mismo cuarto, y dijo: «Ahora que le han puesto los palillos, tiene los ojos abiertos y duros». Era igual, como si no hubiera transcurrido el tiempo desde aquella remota tarde de agosto en que las mujeres la trajeron al cuarto y le mostraron el cadáver y le dijeron: «Llora. Era como un hermano tuyo»; y ella se recostó contra la pared, llorando, obedeciendo, todavía ensopada por la lluvia.
Desde hace tres o cuatro domingos estoy tratando de llegar hasta las rosas, pero ella ha permanecido vigilante frente al altar; vigilando las rosas con una sobresaltada diligencia que no le había conocido en los veinte años que lleva de vivir en la casa. El domingo pasado, cuando salió a buscar la lámpara, logré componer un ramo con las mejores rosas. En ningún momento he estado más cerca de realizar mi deseo. Pero cuando me disponía a regresar a la silla oí de nuevo las pisadas en el pasadizo, ordené brevemente las rosas en el altar; y entonces la vi aparecer en el vano de la puerta con la lámpara en alto.
Tenía puesto el saquito oscuro y las medías rosadas, pero había en su rostro algo como la fosforescencia de una revelación. No parecía entonces la mujer que desde hace veinte años cultiva rosas en el huerto, sino la misma niña que en aquella tarde de agosto trajeron a la pieza vecina para que se cambiara de ropa y que regresaba ahora con una lámpara, gorda y envejecida, cuarenta años después.
Mis zapatos tienen todavía la dura costra de barro que se les formó aquella tarde, a pesar de que permanecieron secándose durante veinte años junto al fogón apagado. Un día fui a buscarlos. Esto fue después que clausuraron las puertas, descolgaron del umbral el pan y el ramo de sábila, y se llevaron los muebles. Todos los muebles, menos la silla del rincón que me ha servido para estar durante todo este tiempo. Yo sabía que los zapatos habían sido puestos a secar y que ni siquiera se acordaron de ellos cuando abandonaron la casa. Por eso fui a buscarlos.
Ella volvió muchos años después. Había transcurrido tanto tiempo, que el olor a almizcle del cuarto se había confundido con el olor del polvo, con el seco y minúsculo tufo de los insectos. Yo estaba solo en la casa, sentado en el rincón; esperando. Y había aprendido a distinguir el rumor de la madera en descomposición, el aleteo del aire volviéndose viejo en las alcobas cerradas. Entonces fue cuando ella vino. Se había parado en la puerta con una maleta en la mano, un sombrero verde y el mismo saquito de algodón que no se ha quitado desde entonces. Era todavía una muchacha. No había empezado a engordar ni los tobillos le abultaban bajo las medias, como ahora. Yo estaba cubierto de polvo y telaraña cuando ella abrió la puerta y en alguna parte de la habitación guardó silencio el grillo que había estado cantando durante veinte años. Pero a pesar de eso, a pesar de la telaraña y el polvo, del brusco arrepentimiento del grillo y de la nueva edad de la recién llegada, yo reconocí en ella a la niña que en aquella tormentosa tarde de agosto me acompañó a coger nidos en el establo. Así como estaba, parada en la puerta con la maleta en la mano y el sombrero verde, parecía como si de pronto fuera a ponerse a gritar, a decir lo mismo que dijo cuando me encontraron bocarriba entre la hierba del establo todavía aferrado al travesaño de la escalera rota. Cuando ella abrió la puerta por completo, los goznes crujieron y el polvillo del techo se derrumbó a golpes, como si alguien se hubiera puesto a martillar en el caballete; entonces ella vaciló en el marco de claridad, introduciendo después medio cuerpo en la habitación, y dijo con la voz de quien está llamando a una persona dormida: «¡Niño! ¡Niño!» Y yo permanecí quieto en la silla, rígido, con los pies estirados.
Creía que sólo venía a ver el cuarto pero siguió viviendo en la casa. Aireó la habitación y fue como si hubiera abierto la maleta y de ella hubiera salido su antiguo olor a almizcle. Los otros se llevaron los muebles y la ropa en los baúles. Ella sólo se había llevado los olores del cuarto, y veinte años después los trajo de nuevo, los colocó en su lugar y reconstruyó el altarcillo; igual que antes. Su sola presencia bastó para restaurar lo que la implacable laboriosidad del tiempo había destruido. Desde entonces come y duerme en la pieza de al lado, pero se pasa los días en ésta, conversando en silencio con los santos. Durante la tarde se sienta en el mecedor, junto a la puerta, y zurce la ropa mientras atiende a quienes vienen a comprarle flores. Ella se mece siempre mientras zurce la ropa. Y cuando viene alguien por un ramo de rosas, guarda la moneda en la esquina del pañuelo que se anuda a la cintura y dice invariablemente: «Coge las de la derecha, que las de la izquierda son para los santos».
Así ha estado en el mecedor durante veinte años, zurciendo sus cositas, meciéndose, mirando hacia la silla, como si por ahora no cuidara del niño que compartió con ella las tardes de la infancia, sino del nieto inválido que está aquí, sentado en el rincón desde cuando la abuela tenía cinco años.
Es posible que ahora, cuando vuelva a bajar la cabeza, pueda acercarme a las rosas. Si logro hacerlo iré hasta la colina, las pondré sobre el túmulo y regresaré a mi silla, a esperar el día en que ella no vuelva al cuarto y cesen los ruidos en las piezas de al lado.
Este día habrá una transformación en todo esto, porque yo tendré que salir otra vez de la casa para avisarle a alguien que la mujer de las rosas, la que vive sola en la casa arruinada, está necesitando cuatro hombres que la conduzcan a la colina. Entonces quedaré definitivamente solo en el cuarto. Pero en cambio ella estará satisfecha. Porque ese día sabrá que no era el viento invisible lo que todos los domingos llegaba a su altar y le desordenaba las rosas.

jueves, 1 de septiembre de 2011

¡Perdónenme!

Lectores y lectoras que se encuentran allá a las afueras de mi casa, ¡Perdónenme!


No he subido capítulo, como en una semana, pero déjenme les explico:


He estado un poco ocupada con la historia para el PEJR. (Por cierto, el personaje masculino se llama Seth.)


Me he olvidado de ustedes, y pido sus disculpas, de todo corazón.


Mañana, sin faaalta, tendrán el capítulo, probablemente en la mañana-de aquí de Venezuela, claro.


Una vez más:¡¡Perdónenme!!








Bendiciones. :D








- Majo.